19 de agosto de 2013

Cuentos Chinos #6: Jie el Tirano


Esta vez la leyenda no nos habla de un héroe indiscutible y de sus magníficas proezas, sino todo lo contrario. Hoy conoceremos a un ruin y tirano emperador solo comparable a su homólogo romano, Calígula. En la cultura china, Jie es quién reúne casi todas las características humanas más detestables.
Las historias que se cuentan sobre Jie Gui (桀癸), último rey de la Dinastía Xia (S. 21 a 16 A.C.), le pintan como a alguien muy inteligente y extremadamente fuerte, capaz de dominar a las fieras y doblar gruesas barras de hierro con sus propias manos.

Durante mucho tiempo se dedicó a hacer continuamente incursiones en estados vecinos para colonizarlos. Al este de Xia, en el estado de Youshi (en la actual provincia de Shandong meridional) había una mujer llamada Meixi famosa por su inmensa belleza; Jie invadió Youshi y apresó a esa mujer sólo para tenerla como trofeo.

Luego organizó una expedición contra el estado de Minshan al oeste (en el norte de la provincia de Sichuan) e hizo pagar a sus habitantes un desmedido tributo en oro y piedras preciosas para su reino, como también les obligó a entregarle a sus dos más hermosas doncellas, Wan y Yan.
Más adelante, conquistó el estado de Min (suroeste de Shandong), y esclavizó a toda su población.

En su propio país, Jie hizo que sus súbditos le construyeran palacios de lujo y lugares de entretenimiento exclusivamente para él. Uno de estos palacios casi desafió la propia tecnología de su época y, según se dice, fue construido tan alto que parecía a punto de colapsar. Así fue que le llamaron con el nombre de Qinggong (el palacio tambaleante). Relatos históricos posteriores hablan de la magnificencia de este alcázar y lo describen con interminables corredores ornados con incrustaciones de marfil, camas de jade blanco y columnas cubiertas de hermosas pinturas, vigas talladas y tapices colgados en todas las ventanas de sus innumerables cámaras.
A fin de embellecer aún más su palacio, Jie ordenó a sus vasallos que recolecten y le envíen los más exóticos tesoros. Además, mandó a que seleccionen las más bellas mujeres de entre la población y las lleven a vivir allí con él. Sólo contando las jóvenes bailarinas, se dice que habría unas 3.000 doncellas.

El libro ‘Biografía de Mujeres Famosas’, escrito por Liu Xiang en el siglo primero A.C., relata que Jie tenía excavado en su jardín, un lago artificial lo suficientemente grande para que navegaran en él botes a remo y lo tenía lleno del mejor vino. Trozos de carne asada se apilaban en las laderas circundantes y manjares sabrosos colgaban de todos los árboles de su infinito jardín. Allí pasaba sus días rodeado de bellezas y abundancia.

Absorbido por su descontrolada vida disipada, dejó de prestar atención a los asuntos de Estado. La leyenda dice que en una ocasión, pasó más de un centenar de días perdido dentro de su palacio sin siquiera querer ver a sus ministros, que estaban muy indignados.

Uno de ellos se atrevió a enfrentarle diciendo: "Los reyes y emperadores de la antigüedad siempre administraban las fuerzas de su pueblo. Tus lujos y extravagancias sin duda traerán consigo la decadencia del país". Jie sólo se limitó a reír a carcajadas ante las palabras de su consejero. "Todo lo que existe bajo el cielo me pertenece" dijo, "yo soy como el sol. Crees que el sol algún día se extinguirá?". Y prosiguió despreocupadamente con su juerga.

A los pocos días, otro ministro llamado Guan Longfeng, irritado por el comportamiento de su monarca, acudió a él con un pergamino en el que estaba pintado el retrato de Yu el Grande, fundador de la dinastía, y reconocido por controlar las inundaciones que arrasaban las tierras del reino. “El Rey Jie debe tener en cuenta lo duro que sus antepasados habían trabajado para fundar la dinastía…”, dijo el ministro, “… de otra manera el país estará condenado al fracaso y la destrucción”. Jie montó en cólera y ordenó a sus asistentes que arrebaten el rollo a Guan y lo arrojen al fuego. Guan prosiguió su discusión gritando sus verdades a Jie, hasta que los guardias del palacio le detuvieron y le llevaron al cadalso para ser decapitado.

Después de eso Jie se volvió aún más arrogante y terco. En sus irracionales ataques de ira, firmaba decretos para castigar cruelmente a personas inocentes, como por ejemplo amputándoles la nariz o los pies, simplemente para afirmar su autoridad absoluta.
El pueblo de Xia odiaba a Jie. Así como el mismo emperador se había comparado con el sol, la gente señalaba al cielo y apuntando al astro decía:
!Cuándo vas a morir!, !Que sea pronto, aunque para eso tuviésemos que morir también nosotros!

Mientras tanto, no muy lejos del reino de Jie, el nuevo y poderoso estado de Shang había surgido. Su gobernante era Tang, quien era reconocido como un hombre de bien y se había aliado con varias tribus vecinas. El libertinaje y descontrol que dominaba el reino de Xia, le convirtió en un objetivo prioritario para la conquista. Una gran batalla entre las dinastías Xia y Shang tuvo lugar en Wutiao, al norte de Kaifeng, (actualmente provincia de Henan).

Jie continuó siendo arrogante y autoritario hasta el momento de su muerte. Creyéndose invencible, no tomó en serio la inminente amenaza de guerra. De hecho, reunió a sus mujeres más bellas y continuó con sus fiestas mientras estaba en el mismo frente de batalla.

El día previo a la ofensiva final les dijo a sus amantes:
Esto será aún más divertido de ver que una cacería. Voy a llevaros conmigo para que veáis mi victoria. Yo nunca he sido derrotado.

Pero ocurrió todo lo contrario a las expectativas de Jie. Poco después del comienzo de la batalla, una fuerte tormenta estalló y las fuerzas de Xia, cuya formación militar había sido descuidada, cayó presa de la confusión y el pánico.
Por el contrario, los disciplinados ejércitos de Shang, lucharon con perseverancia y valor. Jie, que contemplaba la batalla desde la cima de una montaña, pronto se dio cuenta de que estaba siendo derrotado y ordenó la retirada. Tang persiguió a las tropas de Jie que huían camino a la capital del reino de Xia. El tirano Jie se vio obligado a escapar, pero fue capturado por Tang y obligado a permanecer en el exilio hasta el día de su muerte.



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